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EcuaYork
Boletín Cultural Electrónico # 116
Petronio Rafael Cevallos
Amoroso intervalo
Hace unas horas nos despedimos y ahora estoy solo con tu recuerdo en mi estudio. Solo entre libros y penumbras te vislumbro aún presente en tu ausencia temporal, cercana aunque lejana. Pienso en la otredad que no ha de vernos ni con ojos de mil vidas y su muerte; que no ha de amarte como yo te amo. Amor contra la muerte, habremos de buscarnos, horas más tarde -y todavía más largas que un largo, horrible siglo XX. Habremos de encontrarnos, amor contra sí mismo, en el mismo lugar, fuera del tiempo; me sonreirás, alegre, y yo, triste y torpe, acaso habré de contarte cuánto ahora te extraño.
Muerta en Nueva York
Por el hilo de un sueño se tejen las noches tristes en tus ojos, cortesana de una isla confinada. Vas por las calles llenas de vacío, sola y falsa; sombra de una sombra, reflejo de un reflejo, eco de un eco. Extraviándote sola, escurriéndote acompañada por la alcantarilla de Cronos implacable; entre el fragor del tráfico, pasajera anónima de trenes subterráneos, derrochando el manantial de tus aguas afanosas. Un poeta te ofreció el Silencio, y por un momento fue tu risa la más tierna rebeldía; enferma de Nueva York, frágil del frío que, opulento, laceró tus amorosos huesos. Vives muerta en Nueva York y tu cadáver es una playa que las gaviotas errantes honran con sus heces. Por el hilo de un sueño.
Estaciones en Gotham
Cruzando el Williamsburg, de Brooklyn a Manhattan, el vagón lleno de cuerpos -bolsas de agua y carbono-, cada cuerpo en su mente, cada mente también un sol; mientras la noche, inmensa, se desdobla y contempla en mis ojos. Luego escribo, sobrevivo; ordeno, a mi manera, esta algarabía de estrellas -que al viejo Einstein no le quitaron el sueño ni los sueños de meditar sobre la luz. Pero sobrevivo y escribo no sólo para sostener que la humanidad, de rabo a cabo, es una mierda, sino sobre todo para afirmar la vida, pese a que todos estemos condenados a morir; decir sí vale la pena; y así registrar, agradecido, que aquí también se recopila una versión del universo (que ni siquiera aspira a estrella), un archivo de sueños, un museo vivo de luz; aquí y ahora porque escribo; para que haya opción de vida, si la quisieras; para pedirte: “Levántate. Eres tu (propio) Lázaro. Levántate y echa andar.” Escribo, pues, para recordarte -ahora que lo recuerdo- que, en particular, nunca levanté a ningún muerto (acaso sólo a ti), ni maté o morí por nadie. Pero este momento, este tesoro enterrado y desenterrado en el tiempo, escribo porque sólo por ti colibrí y flor son iguales a un vuelo instantáneo que articula lo que nos une y nos diferencia, lo que nos exalta y nos enajena -que es la labor del poeta. Aunque esta mañana húmeda de sol ausente, pajarraco sin alas sea yo; y camine, triste, por la vereda sembrada de pétalos que, al pisarlos, sangran el perfume que me impregna aun más de tristeza. Escribo como escribano de la Noche que soy, noche de mis ojos que aún no. Reitero que por ti el East River es un espejo ambulante que no refleja, y Nueva York y la lluvia son cómplices para el amor.
© Copyright: Petronio Rafael Cevallos
Derechos reservados
ISBN 1-889222-00-8
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POESÍA AL PASO
Petronio Rafael Cevallos
Fue siempre la poesía mi lectura favorita; su escritura, mi caro vicio. Desde niño, una sola imagen verbal podía precipitarme en cavilaciones diáfanas o me asomaba a revelaciones súbitas, y ya entonces intuía que poesía es, primero, una forma de percibir el Ser, como consustancialmente es, también, una forma de traducirlo. Me maravillaba, por entonces y aún, con la indescifrable magia de esas lucubraciones luminosas, sabios desvaríos —alegorías, aliteraciones, apóstrofes, anáforas, hipérboles, imágenes, metáforas, metonimias, onomatopeyas, parábolas, personificaciones, repeticiones, retruécanos, símbolos, símiles, sinécdoques, versificaciones—, palabras, sílabas primordiales que lograban sumergirme en la quintaesencia de la experiencia humana.
Ser poeta por sobre todas las cosas. Poeta para penetrar hasta las raíces de la realidad, para percibir los aspectos más sutiles y transcendentes, para beber la copa del Ser hasta las heces. Ser poeta para conjurar universos, constelaciones, estrellas. Ser poeta no sólo para registrar la experiencia del Ser, sino para verterse en experiencia como un surtidor del Ser. Poeta para darse como una expresión única, personificación de la sensibilidad y de la inteligencia. Ser poeta como un espejo mágico de la humanidad; conciencia insobornable. Poeta para destilar esencias, para sintetizar percepciones y experiencias. Ser poeta como un alquimista que transmuta la realidad en palabras, y viceversa. Poeta para nombar, denunciar, elevar, iluminar, inspirar, profetizar y trascender la historia. Viene a mi memoria el poema “Londres, 1802” de William Wordsworth, cuyo título y contenido marcan, no tanto una fecha y lugar para la eternidad, sino la eternidad de un lugar y una fecha. Ser poeta para articular en palabra y obra la integral vitalidad que elucida vastas vistas de lo que es, para cristalizar en palabras la realidad, para transformar en realidad las palabras.
Los poetas me enseñaron que el mundo es un libro abierto del que sólo unos pocos leen. La realidad está ahí, desnuda y sin tapujos. Todo es cuestión de abrir los ojos y ver, de aguzar los oídos y oír. Atención y más atención es lo que la realidad demanda. La verdad es de aquéllos que saben estar atentos, los que no soslayan ni los aspectos más obtusos o vulgares. La realidad nos habla constantemente; se nos revela en todas sus facetas, como lo hizo Krishna ante Arjuna. Pero tenemos que estar atentos, tenemos que mantenernos alerta, tenemos que montar vigilancia perpetua. La poesía se revela ante uno en fugaces destellos que sólo los más despiertos capturan. La poesía me puso en contacto con esa parte del ser que nunca duerme; es decir, que nunca muere: la conciencia radiante, el testigo que registra magistralmente.
Ahora, en estos tiempos tumultuosos y beligerantes, entre peroratas y proclamas, entre falsedades y más falsedades, en medio de tanta hojarasca verbal y vulgaridad cotidiana, la poesía nos viene como un hálito de palabras verdaderas y, por ello, portadoras de vida nueva. Buena falta que nos hacen esos mundos verbales que son los poemas. Leerlos nos hará mucho bien. En consecuencia, dilectos lectores, hoy inauguramos un nuevo espacio dedicado a ese sí poderoso que se articula en la Reina de las Artes, la poesía. Les presento este proyecto de poesía al alcance de todos; poesía en el ojo del hombre-masa; poesía en la mira transeúnte; poesía al paso para el hombre que pasa. Poesía que es “palabra en el tiempo”, en palabras de don Antonio Machado; o en las humildes mías, sílaba en el silencio; sílaba solidaria en la soledad (e indolencia); un sí total e irrevocable.
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Globalización del terror
Petronio Rafael Cevallos
La mañana despuntaba simplemente esplendorosa —soleada, despejada, fresca. Nadie, excepto un puñado de terroristas, hubiese imaginado que se convertiría en la más horrenda de la historia de los Estados Unidos. Este martes 11 de septiembre del 2001 —que marca el vigésimo octavo aniversario del golpe militar que derrocó y le costó la vida al presidente Salvador Allende en Chile— el mundo no podía dar crédito a lo que veía por televisión: el derrumbamiento de las Torres Gemelas —de 110 pisos cada una—, catedrales del sistema capitalista internacional.
Poco antes de las 9:00 (EST), hora local en Nueva York, un avión pequeño se estrellaba contra una de las Torres Gemelas; y, apenas 18 minutos después, un Boeing 767 enfilaba directamente contra la segunda y destruía su parte superior. En menos de dos horas, ambos edificios se desplomarían, uno tras otro, como un castillo de naipes. A estos dos primeros atentados seguiría un tercero: un avión que también se estrellaría contra un ala del Pentágono, principal santuario militar de Occidente, ubicado en Washington D. C.
Vivo cerca del Bajo Manhattan, donde hasta esta mañana se erguían las Torres Gemelas del World Trade Center. Desde mi ventana podía verse la inmensa y siniestra humareda, elevándose hacia el brillante firmamento neoyorquino. Junto a mi familia, desconcertados todos, mirábamos también las imágenes que se repetían en la televisión. Escenas terribles, como las de personas lanzándose al vacío, canjeando una muerte segura por otra igual de segura, en vertiginosa caída libre hasta el pavimento. Mi mente, aturdida, asociaba estas imágenes con reminiscencias de los suicidas que se arrojaban por las ventanas, para escapar de la quiebra, en la gran depresión de 1929; y, además, con los pavorosos hongos expansivos, ascendiendo hacia el cielo —como gigantescos frutos maléficos—, tras el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945.
Los Estados Unidos, el gran líder del mundo occidental, cuya historia se ufana de haber peleado sus numerosas guerras —fuera de la Guerra Civil— en otros países, ahora las sentía todas juntas en carne propia, de golpe y porrazo, en todo su espanto inenarrable y en toda su terrible fuerza destructora. Han sido golpes certeros, claves, demoledores. Verdaderos mazazos cósmicos, llenos de furor telúrico, de odio sobrehumano que, sincronizada y meteóricamente, han impactado el alma y el cuerpo de esta nación. Sus símbolos más conspicuos, de poderío económico y poderío militar, han sido profanados. El primero, derrumbado hasta las cenizas; el otro, parcialmente destruido. El mensaje de estos ataques es claro, contundente, brutal.
Hollywood envidiará por siempre esta superproducción en vivo, impecablemente montada este aciago día de Marte, y con audiencia mundial. Ésta es una épica de la estupidez humana, un eternometraje con actores y extras que mueren de verdad, para probar que la muerte es la suprema, muy por encima de todas las supremacías que nos agobian. Un King Kong transfigurado en kamizakis y una Godzilla transmutada en saetas de la venganza han saltado de la pantalla grande a la pantalla chica, de la ficción a la realidad y han arrasado con el Oscar, desde producción y dirección hasta efectos especiales. Los codiciados ratings son insuperables. Nos ha madrugado un Halloween en aterrador tecnicolor —con sus máscaras y disfraces del Abismo, con su fúnebre “trick or treat”—, alucinantemente vívido y multidimensional.
Ha sido el más infernal de los días que me ha tocado vivir. A nadie le cabe la menor duda de que esta monstruosa agresión es una vindicación, con financiamiento opulento, larga y milimétricamente planeada, y eficientemente ejecutada. Los sospechosos serán muchos, pero ¿cuántos serán los culpables? ¿Quiénes? Mis preguntas no buscan especular si se trata de un complot internacional orquestado por países y grupos fundamentalistas musulmanes, o si se trata de un autoatentado a cargo de milicias de la autoproclamada Supremacia Blanca (acantonadas en zonas rurales de este país). De ninguna manera se trata aquí de buscar —reales o potenciales— chivos expiatorios.
Más bien busco una reflexión que le instile algún sentido a toda esta demencia. Acaso todos tengamos algún grado de culpabilidad. Hasta ayer la violencia, perpetrada contra tantos otros en tantas partes del mundo, la contemplábamos, impávidos, en los noticieros televisivos o la leíamos, ficticiamente a salvo, en la privacidad de nuestro hábitat. Hoy la violencia, sistemática y a gran escala, ha profanado nuestro propio hogar, nativo o adoptado —como en mi caso. Hoy la guerra, que creíamos ajena y lejana, ha llegado a visitarnos. A fuerza de ignorarla, acaso nosotros mismos la hayamos invitado.
Por el momento y en medio de la desolación que nos embarga a los habitantes de la más importante y —a partir de hoy— más trágica ciudad de la Tierra, vienen a mi mente las palabras de Darío Fo, dramaturgo italiano —premio Nóbel de literatura en 1997—: “Se nos hiela el corazón cuando vemos el crecimiento del movimiento contestatario mundial, profundamente pacífico, al que el poder trata de arrastrar al campo que más le conviene, el de la violencia”.
La prepotencia e irracionalidad de la llamada globalización, como un bumerán apocalíptico, ha vuelto a su punto de partida, marcando así un dantesco y fatídico círculo pernicioso. De aquí, estoy seguro, volverá a dispararse, ciega de rabia y sedienta de más sangre, una vez más repitiendo el ciclo de explotación, devastación y muerte. Que nos perdonen, si pueden, las miles de víctimas inocentes de esta barbarie ignominiosa. Que nuestros hijos se apiaden de nosotros. De aquí en adelante, nada ni nadie será igual en este desde hoy ex Hogar de los Bravos y hasta sólo esta mañana —que empezaba tan radiante— Tierra de los Libres.
Nueva York, martes 11 de septiembre, 2001
Tomado del libro Un lugar bajo el Sol o EcuaYork (ensayo)
Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo del Chimborazo
Riobamba, Ecuador, 2005
© Copyright 2005: Petronio Rafael Cevallos
Derechos reservados
ISBN 1-889225-03-7
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